A propósito de "Entre gansos y vacas: escuela, lectura y literatura" de Ana María Machado

A propósito de "Entre gansos y vacas: escuela, lectura y literatura" de Ana María Machado
Por María Fernanda Mejía

martes, 6 de abril de 2010

El viejo universo


Pensando en la experiencia de la lectura de la que nos habla Jorge Larrosa quiero compartir este texto relacionado con una trans-formación de años atrás:



El viejo universo

“Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos.
¿No es verdad?”
Julio Ramón Ribeyro, Por las azoteas

Había muchos libros allí. Unos en orden, otros no; libros en repisas muy juntos; libros apilados en un escritorio; libros en las escaleras, y escaleras de libros. Cajas llenas de libros. Montañas librescas en el piso. También estaba el televisor, claro, que hasta ese momento siempre había sido una mejor opción. Pero este era un televisor singular, rojo con un gancho de alambre enrevesado encima que servía de antena y no tenía control remoto. El botón de encendido se giraba, no se hundía, y para cambiar de canal tenía una especie de palanquita hecha en pasta. Por supuesto era en blanco y negro.
Entonces, en la soledad de una antigua y humilde casa bogotana empecé a mirar los libros que me inundaban casi hasta ahogarme sin darme cuenta. Recuerdo haber visto muchos códigos y manuales: Código de procedimiento civil, Código de recursos naturales, Manual de derecho procesal civil, Teoría general del contrato. Claramente no era eso lo que me iba a salvar. Luego leí otros títulos y nombres de autores que llegaron a atemorizarme: El Capital crítica de la economía política, V. I. Lenin, Stalin, Hegel, Engels... Un librito rojo (como el televisor) escrito por Mao Tse-Tung me llamó la atención por su sencillez, su pequeño tamaño y por su material en cuero. Pero tampoco. Lo cerré tras veinte segundos de un intento fallido de lectura.
Y de pronto ahí estaba, un hermoso y raído libro en cuya portada aparecía un rostro de perfil con un pelo negro intenso: El ruiseñor y la rosa y otros cuentos de Oscar Wilde. En la primera hoja estaba escrito con bolígrafo el nombre de una persona que no conocía en ese entonces y que, aún hoy, no he llegado a conocer. El color amarillento manchado y el fuerte olor no me hicieron cerrar el libro sino que, al contrario, me atrajeron más. Me senté en el piso de madera como un libro más y empecé. Yo tenía diez años y era la primera vez que una historia me estremecía de esa forma. ¡Qué ruiseñor! Me quedé estupefacta, asociando como suelen hacer los niños y sentí un poco de culpa porque ese ruiseñor no sólo se había sacrificado por su amigo, el de la portada, sino por mí que necesitaba una buena historia para entretenerme. Me juré a mí misma no ser tan caprichosa como la amada del pelinegro y llevar siempre conmigo, en el corazón, este cuento sin despreciarlo nunca.
No he sido muy fiel a mi juramento, debo aceptarlo, pero hoy sigo evocando esas circunstancias en que lo hice. Unas vacaciones frías en una ciudad extraña y de fuertes vientos, una casa tan diferente a la mía, sin juguetes, sin libros “para niños” y sin aparatos tecnológicos novedosos. Tardes solitarias y lluviosas. Persianas metálicas en las ventanas y, eso sí, un antejardín donde florecían rosas tan hermosas como la que tiñó el pobre tordo. Todo un viejo universo inolvidable porque me conectó de cierta forma con una gran literatura.
María Fernanda Mejía

1 comentario:

  1. Solo digo, María Fernanda, como también ese camino del arte (porque La literatura es arte, en el más hermoso sentido d ela palabra)nos hace encontrarnos con nosotros mismos. La literatura distancia la realidad apra hacerla más cercana. Solo esa distancia que podemos tomar es la que nos revelar lo que somos....

    Dejarse afectar no es fácil y menos en estos tiempos que no nos queremos afectar... Gracias por compartir con nosotros tus afectaciones.

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