
Había dos patios en la Escuela Municipal. El patio número uno pintado de muchos colores, repleto de juguetes, máquinas de comida y pantallas plasma, en el que se podía brincar y correr cuánto se deseara; el otro, es decir, el patio número dos, era gris, vacío y silencioso.
La idea de esta distribución era que los niños pasaran en las aulas media jornada repitiendo y memorizando con disciplina inquebrantable para que la otra media pudieran estar descansando en el estupendo patio número uno. El patio número dos era para castigar a quienes desobedecían.
El modelo, impuesto sobre toda la nación por orden presidencial, había funcionado casi perfecto: el 99,1% de los estudiantes podía permanecer la segunda media jornada en el patio número uno. En realidad no era muy difícil lograrlo, puesto que el reglamento escolar sólo prohibía dos cosas. Por todos lados pegaban el cartel que lo enseñaba y que rezaba así:
“Prohíbase terminantemente:
1. Leer, mencionar, traer, preguntar o almacenar cualquier libro de literatura.
2. No denunciar a quien incumpla el primer numeral, inmediatamente se conozca la violación.”
Desde que se había implementado la medida muchos años atrás, los alumnos se volvieron más obedientes, serviles y buenos informantes. No eran del todo felices en el patio número uno –por más que lo decoraran-, ni luego cuando se graduaban, pero ahora nadie se molestaba en cuestionar nada y así todo era más fácil y tranquilo. La sociedad era robótica y funcional.
Pero todavía el señor Presidente no podía dormir tranquilo. El 0,9% de los infantes lo torturaban recordando esos odiosos libros a pesar de su gran esfuerzo y del alabado Plan de Servilismo Domesticado que había instaurado durante su extenso mandato. Cierta noche uno de estos desobedientes que fue a entrevistar lo enfureció hasta el límite porque le dijo que le preguntara al diseñador de escuelas si no se había basado en un libro escrito hace siete siglos, en el que también se mencionaban tres divisiones increíblemente parecidas: infierno (patio número dos), purgatorio (aulas de clase) y cielo (patio número uno).
Nadie lograba entender cómo un niño escogía violar la norma e irse para el insoportable patio número dos, cuando era tan simple no leer ni hablar sobre eso. El asunto es que aún hoy no se logra descifrar el enigma de la literatura. Se sigue luchando desde el gobierno pero ésta se niega a desaparecer.
María Fernanda Mejía

Me gustó el cuento, Me deja pensando... recuerdo varias historias frente a él... por ejemplo
ResponderEliminarFahrenheit 451 de Ray Bradbury : Miren este inicio de una Reseña de Internet: Guy Montag es un bombero que no se dedica a apagar incendios. En la sociedad imaginada por la novela, de carácter distópico, los bomberos tienen la misión de quemar libros ya que, según su gobierno, leer impide ser felices porque llena de angustia; al leer, los hombres empiezan a ser diferentes cuando deben ser iguales, el cual es el objetivo del gobierno, que vela por que los ciudadanos sean felices para que así no cuestionen sus acciones y los ciudadanos rindan en sus labores. Al principio de la novela el país de Montag esta al borde de la guerra.
También seería interesante ver la película hecha por François Truffaut en 1966. Los invito a verla. ¿por que tanto recelo con la literatura? ¿Qué hay en ella que asusta tanto? No por cierto ha sido enr ealidad quemados libros en muchas dictaduras . Averiguen sobr ello.
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