Alguna vez tuve un amigo llamado Verde. Su madre se llamaba Doña Amarilla, y su padre Don Azul; era demasiado travieso aunque inspiraba bastante calma. Su mamá se la pasaba pálida y su papá bastante serio porque él amaba ir a lugares rodeados de naturaleza y muchas veces se les perdía en el bosque o en las montañas. Pero lo peor era cuando se le daba por treparse a los semáforos al muy malabarista, y entonces su madre y su tía llena de furia, la señorita Roja, tenían que perseguirlo. Le encantaban los frutos biches, a tal punto que decía sentirse identificado con ellos.

Con esta forma de ser nadie apostaba un peso por su futuro, incluso llegaron a apodarlo “el inmaduro”. Sin embargo, en un tiempo llegó a convertirse en todo un símbolo de esperanza pues, a pesar de todo, su familia siempre creyó en él.
Desafortunadamente fuimos dejando nuestra amistad cuando me vine a vivir a esta gran ciudad pero por ahí he oído varios rumores sobre él, algunos malos como que se volvió un viejo obsceno y otros mejores, creo, como que se convirtió en el hombre increíble.
Me gustaría volver a verlo, a escucharlo, a tocarlo, a olerlo y – ¿por qué no? – a probarlo también, pero no al Verde artificial que se me aparece mucho aquí sino a ese genuino de la infancia que tanto me divirtió.María Fernanda Mejía

Qué cuentos tan bellos María fernanda, cuando publiques tu libros de cuentos y peomas, me cuentas.... vale....
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